miércoles, 6 de agosto de 2014

MIS MIL Y UNA EXCUSAS PARA LLEGAR TARDE o LA HISTORIA DE UNA MAÑANA CUALQUIERA





No te he despertado porque quería hablar contigo.

Quería hablar contigo del miedo.

He soñado y he despertado temblando. Hacía calor. La canícula de agosto no perdona pero los sueños son sobrecogedores y he tenido pesadillas escalofriantes.

Quería hablarte del miedo y he terminado desarropándote.
He llenado tu vacío observando cómo el primer rayo de sol lamía la piel de tu cuello. He llegado tarde.
Quería despertarte para escuchar tu pereza.
He terminado preparando café. Era tarde y tenía miedo de no llegar. Quería quedarme prendida en ese rayo de sol tuyo, y seguir su rastro esparciendo besos sobre tu porción de piel iluminada.

Quería hablarte del miedo y espantar la noche con un café caliente.
Beber café sin prisa frente a tus ojos dormilones. Hacía calor y he llegado tarde.

Quería despertarte y que espantases mis miedos. Llegar tarde (o no llegar hasta que ese rayo maldito abandonase tu cama). Y sudar contigo porque hace calor. Es normal, es agosto y eres tú.

He soñado y tuve miedo de verter café sobre tu cuello, sobrecogida por un mal sueño, agobiada por el calor, hipnotizada por tu cuello.

Quería hablarte y no te he despertado porque quería hablar contigo. Si lo sé me quedo y te despierto. He llegado tarde.


martes, 5 de agosto de 2014

FAMILIA HILVANADA: MARIPOSAS / POLILLAS


La familia hilvanada esta hecha de retazos sueltos, de trapos sucios, de rotos y descosidos y piezas de recambio. En esta familia cada miembro constituye en sí mismo un traje distinto y cuando se reúnen se observa que ninguno de ellos se cortó con el mismo patrón. Padres ausentes, hijos descarriados, madres posesivas, cada uno mirando a su rincón.

La vida de los miembros de esta familia no discurre en paralelo, su curso es errático y tras breves encuentros explosivos, como si del nacimiento de una estrella se tratase, cada cual sale disparado en direcciones contrarias siguiendo su propio curso. Y continuas tu día a día, refugiado en pequeñas rutinas que se convierten en vicios, regalando gestos no correspondidos, esperando una llamada que nunca se recibe.

La familia hilvanada es frágil. El tejido de recuerdos, silencios y tensiones, se resquebraja a cada momento, tiene los codos gastados y los botones sueltos. Los silencios... Silencios que duran semanas, meses, décadas. Silencios que nunca se rompen porque esconden secretos demasiado importantes: odios y amores, rencillas, envidias, desprecio, diferencias e indiferencia, equivocaciones y verdades, éxitos y fracasos, mentiras e ignorancia. Silencios que lo son porque en realidad no hay mucho que decir.

Una foto familiar es como el cuero viejo y sobado, de cierto valor, cuarteado y raído por los bordes. El desgaste profundo de los años siempre desluce al tejido nuevo por lustroso, feliz y querido que este resulte. Sus partes están unidas por hilos muy finos. Tirar de uno puede suponer desmontar toda la prenda, volver a recoser por enésima vez o poner un parche nuevo.

Y luego están las piezas desmontables, las de quita y pon. Las que un día están y al otro desaparecen, y un buen día regresan, o no. Y los repuestos procedentes de prendas dispares que siempre ofrecen sorpresas: costuras firmes, tejidos ligeros y alegres, botones brillantes, pero también traen polilla y bolsillos rotos.

La familia hilvanada no es un traje que uno hubiera elegido en la tienda, no está de moda y ni siquiera sienta bien. Es la piel que nunca te puedes arrancar, tan sólo puedes dar puntadas sin hilo intentando aprender a llevar con dignidad las cicatrices imborrables y las arrugas. O arrancártela a jirones y desaparecer.