sábado, 26 de abril de 2014

LA PRIMERA VEZ DE CELESTE


Llevaba mucho tiempo esperando que llegase ese momento y aún así no podía parar de preguntarme si estaría haciendo lo correcto o estaba a punto de cometer un terrible error.
La noche anterior no había podido pegar ojo por la excitación. Y hoy, por fin, había llegado el momento. Sabía lo que me esperaba pero la duda me asaltaba a cada paso.
 
Recuerdo subir las escaleras hecha un manojo de nervios. Él abrió enseguida al escuchar el timbre. Esperaba descalzo e impaciente pero me regaló una sonrisa y cerró la puerta a mi espalda. Pude notar su mirada adivinando mi ansiedad.
 
 - Entra y ponte cómoda. Enseguida estoy contigo.
 
Observé cómo se marchaba por un pasillo y me quedé sin moverme en mitad de aquella habitación en penumbra. No tardó en regresar y puso su mano en mi hombro.
 
- ¿Estás preparada? ven, acércate.
 
Tiró suavemente de mi brazo para colocarme frente a él y al ver el objeto que sostenía no pude evitar un jadeo. Mi mirada no se apartaba de sus manos pero no escuchaba lo que decía, no podía oír. Una voz en mi cabeza me gritaba que saliera corriendo que acabase con esa incómoda situación antes de comenzar... Pero el deseo fue más fuerte que el miedo.
 
- Siéntate aquí. Y no tengas miedo, siempre hay una primera vez.
 
Su voz cálida me dio ánimos y sin apenas levantar la mirada, con manos inexpertas me atreví a coger el instrumento que me ofrecía.
 
Se colocó detrás de mí y mientras colocaba mis brazos me susurraba al oído:
- Aprieta fuerte las piernas. eso es, muy bien.
 
Excitada, todos mis miedos desaparecieron de golpe. Era mayor y más pesado de lo que había imaginado, todo curvas bellas y perfectas. Duro y lustroso. 
Hipnotizada, conteniendo la respiración, observaba atentamente cómo sus manos se entrelazaban con mis dedos para colocarlos en la posición adecuada, dedos muy pequeños para aquel instrumento enorme.
 
- Y ahora, Celeste, vas a aprender a tocar. Esta es la posición de Do. 
Y con suavidad pellizcó unas cuerdas para arrancar por primera vez un quejido mágico a aquel viejo violonchelo.





































Para Paloma. Que nunca pares de tocar.