sábado, 24 de agosto de 2013

UNA SONRISA PARA PABLO


Pablo es un desconocido. Es una de esas caras con las que cruzamos a diario y a las que no prestamos atención, una de esas personas a las que preferimos no ver y cuya existencia preferimos ignorar.
Pablo es mendigo. Pide en la boca del metro de Diego de León. Apoyado en el muro de piedra, extiende la mano hacia los que suben las escaleras esquivando su presencia, evitando cruzar su mirada. Porque Pablo te mira a los ojos y murmura algo incomprensible, mitad saludo, mitad agradecimiento.

Pablo es casi un anciano. Pelo cano, piel arrugada, manos encallecidas y cuerpo encogido bajo sus ropajes oscuros, porque Pablo guarda luto por su hijo muerto hace poco más de tres meses. A veces lleva gafas, otros días no. En ocasiones se muestra desaliñado, sin afeitar, legañoso y sucio. Hay días en los que luce hecho un pincel, recién peinado y con la ropa limpia y planchada.
Pablo me da los buenos días y me llama por mi nombre, curiosamente el mismo nombre que el de su exmujer. Bueno, en realidad me llama con el diminutivo que detesto. –Que tengas un buen día Pili. ¡Si el supiera que no lo soporto…! Solo los más allegados se permiten usar ese nombre…

Pablo hace tiempo que está divorciado, me lo contó una mañana en la que me detuve a charlar con él. También me habló de su hijo, fallecido tras una larga enfermedad. Me lo contó llorando, agarrado a mi brazo. No sé si buscaba consuelo, desahogo o quizás unas monedas, pero casi me hizo llorar a mí, parados los dos en la puerta del metro. Creo que le dejé unas palabras vacías de consuelo… e incómoda y avergonzada mascullé como excusa que llegaba tarde.  Al día siguiente no estaba, quizás yo llegaba unos minutos antes, quizás fuese más tarde de lo habitual.
Otro día Pablo me saludó, tocándome el brazo y sonriendo. Y me retuvo para contarme lo duro que es estar en la calle, y que el calor es tan malo como el frío. Me pregunta cómo funciona la Tablet, si leo mucho, si estoy casada, si tengo hijos, si en mi empresa necesitan a alguien, porque Pablo quiere trabajar, aunque sea sin cobrar, y me explica que no le gusta pedir pero que la pensión no llega. Más que sonreír yo le regalo una mueca irónica, aunque contesto a sus preguntas sin dar muchas explicaciones.

Una mañana no le vi. Ni al otro día, ni al siguiente. Pero el lunes de nuevo Pablo estaba parado en la esquina de Francisco Silvela con Alcántara, preocupado porque hacía días que no me veía, tan contento porque alguien de mi empresa le había invitado a desayunar. Y yo sé quién es, porque le he visto saludarle como lo hace conmigo.
Una vez Pablo me regaló el periódico. –Toma, para que leas un rato cuando hagas descanso. Era un diario gratuito, manoseado y del día anterior, pero lo cogí y lo llevé conmigo. Lo tengo en la oficina, en la bandeja de “cosas” personales y recuerdos.

Hay días en los que mientras subo las escaleras mecánicas pienso en la posibilidad de dirigirme a la otra salida y cruzar la calle sin saludarle, mientras recorro los pasillos subterráneos pienso en no pararme y evitarle, pero mi conciencia me lo impide. Cierro lo que vaya leyendo e intento recordar si llevo alguna moneda en el monedero. A veces pienso en cuanta gente cruzo y saludo a diario que nunca se ha molestado en preguntarme mi nombre. También pienso en que llegará un día que no le vea más y si echaré de menos su saludo y sus buenos deseos.
Me pregunto cómo me sentiría yo si la vida me llevase a madrugar cada día para ponerme a pedir en una boca de metro o en un mercado o en la puerta de una iglesia. Qué pensaría de la gente que rehúye mi mirada, mi mano extendida, que esquiva mi presencia, que me ignora, que me ve pero no me mira, que me mira sin ver. Dudo mucho de que yo fuera capaz de mostrarme educada y mantener mi dignidad.

Pablo es un desconocido, es un mendigo, es la representación de una parte de la sociedad en la que es mejor no pensar y que, instintivamente, intentamos apartar; pero si un día al salir del metro pasas delante de él, por favor, no le ignores, responde a su saludo, busca tu mejor sonrisa y regálasela, lo agradecerá más que una moneda.

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Mme. Butterfly.