jueves, 22 de septiembre de 2011

TRASTOS VIEJOS ¿RENOVACION?

Mi casa tiende a llenarse.
Al principio necesitas un mínimo de mobiliario donde acomodarte y escoges unos pocos objetos que te ayudan a organizarte y te facilitan determinadas tareas: el sofá, la cama y la nevera son imprescindibles, una mesa, una lavadora... pero ¿cómo demonios hemos hecho para acumular cuatro sofás, cinco sillones y cinco mesas?
El principio de la mesura y el orden es una teoría sobre la que tengo serias dudas.
Y eso no es nada. Las cosas, ley de vida, aguantan un tiempo y un buen día necesitas imperiosamente cambiar de colchón, de sartén, de alfombra... Te gastas la pasta, llegas a casa y tu nueva adquisición luce espléndida, pero, ay! No tienes corazon para desprenderte de esa vieja mesita, la primera que compraste en aquel ático de alquiler... Y ni siquiera combina con el resto de la decoración! Total, la mesa se queda. Para siempre.
Nos aferramos a los objetos como a las personas. Es cuestión de necesidades, de vínculos, de afectos, incluso de odios. Nuestro confort depende en gran medida de lo que nos hace agradable la vida, nos acompaña y nos proporciona buenas sensaciones.
A mi me ocurre con mi mesa vieja, con mis libros, incluso con aquellos que nunca he llegado a leer, con la vieja camiseta con la que suelo dormir, mi pequeña colección de plumas, mi colonia fresquita de lavanda y mi caja de recuerdos. Por otro lado, no soporto las cajas de herramientas, los cables, los calcetines revueltos, ni el caos de recibos, propaganda, catálogos y papelotes pendientes de ordenar. Y acaban siendo mayoría, eso sí, en su cajón correspondiente, ocultos a la vista.
Imposible entrar en el cuarto del fondo, más conocido como la "habitación de la música", esa donde el piano, el chelo y no sé cuántas guitarras e instrumentos de percusión conviven pacíficamente con los armarios de la ropa de invierno. Abrir uno de esos armarios es toda una aventura: piezas de una guitarra, un pcpocket con GPS, viejas cámaras de fotos y de video, maletines,  pósters enrrollados (estará ahí mi título???), un neceser con medicinas, mandos a distancia de no sé qué cosa...
Cada cuarto y cada mueble acaparan un sin fin de objetos. Los que pones tú, los que ponen otros y los que, sorprendentemente, algún duende casero te esconde a propósito o deja caer descuidadamente para que te vuelvas loca buscándolos.
Hay cosas que según se apoyan en un sitio, ahí se quedan, y pasan a ser parte del "paisaje", inadvertidos y transparentes a la vista. Cosas inservibles. Prendas que alguien olvidó. Monedas sueltas. Tarjetas de visita y recortes de revistas. Fotos de carné y mecheros sin gas.
Las bolas de pelusa se esconden tras las faldas de las cortinas y bajo la cama como críos asustados y atrapan retazos de risas. Cuando barres juegan a esconderse detrás de tí y al final siempre ganan y se quedan tranquilas bajo el canapé, burlonas, como reafirmando que "es su casa más que la tuya".
Los trastos son como los recuerdos, acaban apartados en un rincón, acumulados en el limbo de las cosas pasadas, hasta que un buen día aparecen de nuevo, asoman y empujan intentando recobrar la importancia que tuvieron, el lustre de la primera vez, la sonrisa del estreno... Yo los dejo que se queden, eso sí, en sus respectivas cajas y cajones, hay que mantener un orden en la casa y en el corazón.

Ya hemos engañado a alguien para que se haga cargo de los viejos muebles de la terraza. Ahora tentaremos a otro alguien para que venga a desmontar y llevarse la enorme mesa de cristal, el sofá de cuatro plazas y las cuatro sillas...
El día que se los lleven podremos comprarnos la maquina elíptica para hacer algo de ejercicio... Más madera!