jueves, 17 de febrero de 2011

CRONICAS CELESTES

Querida Butterfly,
te escribo desde otra ciudad, tantos meses después de nuestro último contacto, casi podría decir que desde otra vida. Han cambiado tantas cosas a mi alrededor desde que no hablamos que casi puedo afirmar que soy otra persona. En fin, ya me conoces, sigo siendo Celeste. La Celeste inquieta, la insegura, la inconformista, la desaparecida… la loca de tu amiga. Y sí, sigo aquí, lejos de Madrid y de ti, pero te tengo muy presente.
Desde hace días me ronda la loca idea de hacerte una visita, sólo para verte, para contarte, para compartir un té y un cigarrillo, mas no me he decidido y en estos momentos me resulta imposible abandonar Barcelona así que te escribo esperando que aún sigas queriendo saber de esta mamarracha que solo se acuerda de ti para reclamar tu atención, darte sustos y contarte sus penas.
Me encuentro en Barcelona, viviendo aquí desde hace tres meses. ¿Recuerdas que vine durante el verano para acompañar a Lennon durante su operación? Pues la recuperación se prolongó más tiempo del previsto y aunque finalmente tuve que regresar a Madrid y a la rutina de la oficina, a primeros de octubre recibí una llamada que me obligó a dejarlo todo atrás, el trabajo, la casa… y acudir corriendo al encuentro de mi querido amigo.
Parecía que todo iba estupendamente. Algunas mañanas mientras esquivaba con prisas el tráfico infernal de la Castellana, de camino a la agencia, imaginaba a Lennon disfrutando de lo lindo tumbado al sol en la piscina de su hermano, o llevando a su sobrino al pasear por el zoo de La Ciudadela, o espantando a las palomas de la Plaza del Rey mientras se toma un café… Realmente creí que sus problemas estaban resueltos y hasta llegué a envidiar sus prolongadas vacaciones. Qué ingenua. La vida nos depara sorpresas inimaginables, se burla de nosotros jugando al engaño y al despiste, y cuando escuché la voz apagada de su cuñada al otro lado de la línea, supe que el destino andaba agitando los dados y que alguien perdería esta partida.
Lennon estaba mal, muy enfermo, en las últimas. Nadie sabía de su enfermedad, él se ocupó de engañarnos a todos y fingir que lo único que le preocupaba era recuperar la vista. Pero evidentemente, este problema sólo era un síntoma del rápido deterioro que su organismo estuvo sufriendo durante los dos últimos años.
No necesité saber más, si siquiera el nombre de la maldita enfermedad, tenía que acudir a su lado, me necesitaba.
Sólo me detuve en casa para meter algo de ropa en una mochila, hacer un par de llamadas a mi padre, a mi jefe, y me monté en la moto con la única idea de llegar cuanto antes, antes de que fuera tarde. Pero Lennon me estaba esperando y sus ojos se iluminaron al verme aparecer, cansada, despeinada y sudorosa, en la puerta de la enorme habitación que ocupaba él solo en un carísimo hospital privado, muy similar a la clínica de su hermano. Los amplios sillones, la enorme pantalla de plasma y el servicio de café, agua, tazas y pastas colocado sobre una mesita para deleite de las visitas, no me impidieron observar los numerosos monitores a los que permanecía conectado por un sin fin de cables y tubos. Con una mano escuálida y torpe se apartó la mascarilla del oxígeno para poder hablarme, pero el enfermero sentado junto a su cama se lo impidió y me invitó a entrar pidiéndole tranquilidad.
Yo permanecí sólo unos segundos más clavada en el umbral de la puerta, con el casco en una mano y la mochila en la otra, bloqueada y sin saber qué hacer. Solo reaccioné ante el gesto impaciente del enfermero que agitaba su mano pidiendo que me acercase.
Solté todo de cualquier manera en un rincón sin apartar la mirada de mi amigo que sonreía con amargura. Cogí su mano, delicada, frágil, surcada de venas y repleta de unas manchas que yo antes nunca había percibido, y mientras le besaba en la frente noté como su cabeza se hundía en la almohada. Su pelo, ralo y desvaído, se pegaba sobre el cráneo mostrando algunos claros.
Cerró los ojos, sin hablarme, con una mueca de dolor, y apretó mi mano en un gesto que sin decir nada lo decía todo. Ya estaba allí. Le devolví suavemente el apretón y permanecimos así mucho rato, sin decir nada. Todo está bien, ya estoy aquí.
Pasé mucho rato con su mano entre las mías, susurrándole palabras tranquilizadoras, como se habla a un niño para que se duerma, recordando los días compartidos en agosto tras la operación, contándole no sé qué tonterías de un incipiente otoño en Madrid, vigilando que su pecho subiera y bajara con cada respiración, resistiendo con fuerza la lágrima que quería escapar por el rabillo del ojo y rodar por mi mejilla. Los dos solos.
En algún momento apareció su cuñada, lamentándose por llegar tan tarde. Había tardado en encontrar a una persona que pudiera hacerse cargo del niño mientras ella acudía al hospital. Nos fundimos en un abrazo sin palabras. La encontré asustada, triste y cansada. Ella me acusó de loca por venir con la moto, por llegar tan rápido. Solo cuando entró su otro cuñado, el médico, acompañado de un doctor y dos enfermeras, supe que el momento de enfrentarse a la verdad y averiguar qué demonios estaba ocurriendo había llegado.
No por esperado el mazazo resultó menos doloroso. Lennon se iba, se marchaba ya, le quedaban muy pocos días, quizás sólo horas. Hacía años que estaba sentenciado pero en las últimas semanas todo se había precipitado. Él lo supo desde el principio, pero no quiso cambiar su destino ni el de los demás, y decidió no compartir con nadie sus idas y venidas a diferentes hospitales, decidió afrontar solo los tratamientos más agresivos, no cediendo a la autocompasión, y hacía ya más de un año que simplemente esperaba, no había más que hacer, y decidió vivir lo que le quedara sin miedo, como si hubiera mañana para él.
El destino no había previsto nuestro encuentro, o quizás  nos quiso hacer un regalo a ambos: a él con una compañera inesperada cuyas locuras y problemas le alejaron momentáneamente de los suyos; a mí con un alma gemela, una especie de gurú cuya experiencia me ha enseñado a quererme a mí misma. En muy pocos días, entre nosotros se forjó una extraña amistad con la que ninguno habíamos contado y que de algún modo, nos cambió la vida. Y ahora todo se venía abajo. Punto y final, sin retorno.
Recuerdo esos pocos días con infinita tristeza. Los días se sucedían pero apenas éramos conscientes del paso del tiempo, de las horas de luz, de la noche, tan sólo la ida y venida de médicos, enfermeros y familiares marcaba el ritmo de los descansos, de las pequeñas conversaciones, de las mínimas pausas para comer algo, ir al baño, esperar. Conseguí que me trajeran unos pequeños altavoces para mi iPod y las horas pasaban escuchando música, la música que mi amigo me había enseñado a escuchar. Barcelona lloraba conmigo a través del gran ventanal contra el que las gotas de lluvia repiqueteaban constantemente. El exterior se teñía de un gris fúnebre y frío.
Una mañana desperté tirada en uno de los sillones con dolor de cuello. Me incorporé para estirarme y al mirar hacia su cama me sorprendió ver que Lennon, totalmente despierto me sonreía. Con voz apagada pero mucho más firme que días atrás me pidió un poco de agua y con un gesto me indicó que me sentase en la cama a su lado. Me habló lentamente, con un hilo de voz entrecortada, aspirando de tanto en cuando bocanadas de aire a través de su respirador. Me contó toda la historia, la suya, la del joven exiliado por motivos políticos, aficionado al jazz y a los libros; y la historia de amor entre su hermano menor y su cuñada viuda, y la de su aristocrática familia, con tanto dinero como crueldad; y la de su hermano médico, tan ambicioso y prometedor… y con cada palabra, con cada frase, iba sacando fuera de sí todo tipo de rencores, miedos, recuerdos de infancia, pequeños triunfos, momentos íntimos, frustraciones, instantes de felicidad, hilvanando una preciosa historia para que yo pudiera conservar su recuerdo. Y con cada frase, con cada palabra, su voz se iba apagando, la historia llegaba a su fin y por fin conocí el por qué de su silencio, de su secreto, de su soledad. Y lo entendí y lo admiré. Juntos lamentamos no haber podido disfrutar más tiempo de esta amistad pero Lennon se marchó recordándome que el tiempo es relativo y solo cuenta lo que vivimos, y el valor de un solo instante frente al peso de años perdidos. Su marcha fue simple y silenciosa, como un aleteo de mariposas.
Por ahora sigo en Barcelona. Ahora me resulta difícil pensar en volver a Madrid, aunque sé que tarde o temprano lo tendré que hacer. Aquí me han acogido como una más de la familia, para bien y para mal. Unos me han mostrado su aprecio y tomaron en consideración mi opinión en la toma de decisiones sobre Lennon. Otros me han mostrado su desprecio abiertamente, para ellos solo soy la querida del hermano enfermo, del raro, pero no les daré el gusto de sacarles de su error, no se lo merecen. Evidentemente, he hecho piña junto a Estrella y su niño, enfrentada de por vida al hermano mayor, la tieta y el sobrino pijo que, como fieras, no tardaron en sacar a relucir el tema de la tienda de discos. Repugnante. Pero Lennon fue más inteligente de lo que llegaron a imaginar y todo ha quedado a nombre de su pequeño sobrino, de ojos oscuros y rasgados, iguales a los de su madre, y ahora planificamos la vuelta a Madrid, está buscando piso por el centro y cuando se instale la ayudaré a reabrir la tienda de discos. Pero esa es otra historia, la suya.

Estrella quiere dejar atrás un pasado doloroso y empezar con su niño una vida feliz. Ahora tienen una nueva amiga y nos llevamos estupendamente. Hablamos mucho, le he hablado de ti. Hablamos mucho de Lennon y su hermano menor, de sus recuerdos y los míos, de lo difícil que es levantarse cada día sabiendo que nunca más podrás ver, ni hablar, ni tocar a ese ser querido. Nos hacemos compañía y divagamos matando el tiempo preguntándonos cómo hacer para conciliar el sueño, cómo llenar el vacío que deja su ausencia, cómo no recordar cada palabra, cada gesto… ¿Cómo arrancarte este dolor y echar a vivir de nuevo?  Hemos hecho un pacto, ante la flaqueza de una la otra contará un momento feliz, un recuerdo, una anécdota, las cosas buenas. Vamos a celebrar su recuerdo festejando su vida, recordándola, llorando, sí, pero con una sonrisa y una canción. Y en estos días de recuerdo para mi amigo he pensado mucho en ti y quiero que lo sepas: eres importante para mí. Aunque no te vea, no hablemos, no esté, te llevo en mi corazón.

Querida Butterfly, pronto iré a verte, espérame para la primavera.

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Mme. Butterfly.