miércoles, 26 de enero de 2011

DES-ILUSION-NADA


He despertado inquieta de un sueño ligero. Temblaba y ardía. El pelo pegado a la cara y la almohada empapada en sudor. La ropa de cama arrugada y tirada a los pies. De un manotazo he encendido la lamparilla de la mesilla para mirar el reloj. Las manillas indicaban las cuatro y cuarto pasadas.
Una corriente de aire frío se colaba bajo la puerta y los cristales de la ventana mostraban una húmeda capa de condensación. El pijama, arremangado en las rodillas, dejaba mis tobillos expuestos, los pies congelados.
Me he sentado en la cama buscando unas zapatillas que he logrado calzarme con torpeza, con las manos entumecidas y temblorosas.
Un escalofrío tras otro recorría mi espalda mientras buscaba un jersey grueso que ponerme, el alma encogida al volver a mi mente el recuerdo nítido del sueño reciente. En mi cabeza resonaba aún el eco de las palabras susurradas, el sonido metálico de cada sílaba pronunciada, una inquietante sensación de angustia y frustración.
Ha sido una pesadilla.
Frente al espejo del baño mi propia imagen me ha alarmado. No me reconozco en los ojos hinchados de la cara que me miraba. Ha sido una pesadilla de las peores.
Caminé a tientas por la casa sin saber qué hacer para terminar sentándome junto a la cristalera, arropada por una manta de punto, tiritando, buscando en el cielo oscuro, negrísimo, algo parecido a una luna. Nada, ni una pizca de luz, ni una estrella lejana. Estoy sola.
he permanecido mucho rato allí, lo sé porque comenzaba a amanecer cuando decidí moverme y poner la cafetera al fuego. Una taza de café bien caliente me sentaría estupendamente. Quizás me ayudara a entrar en calor.
La sensación de inquietud me ha persiguido mientras me daba una ducha lenta. Las gotas de agua ardiendo no han conseguido arrancar el desasosiego que instalado en mi, y he visto con tristeza cómo se marchaba por el desagüe dejando un rastro de espuma y vapor humeante sobre la piel.

El día apenas había despuntado pero  las calles ya están repletas. Hordas de gentes sumergiéndose en las fauces del metro, rumbo a las tripas de la ciudad, desplazandose como hormigas por un inframundo subterráneo. Y un día más, sepultada bajo un enorme chaquetón y enrrollada en mi bufanda, descendí las escaleras sin ánimo apenas para enfrentarme de nuevo a la dura tarea de arrastrar mis pies en dirección a diez horas de rutina. Hoy sin apenas dormir, con el estómago revuelto y una sensación gris subida en mi hombro.
De pie en el andén, mientras esperaba la llegada del tren, volví a escuchar las palabras inconexas de mi sueño, murmurando dentro de mi cabeza. Un recuerdo demasiado nítido para ser solo un sueño.
He escuchado el sonido lejano de un silbato aproximándose por el túnel de mi derecha. Siento las rodillas flojas, los sentidos como acolchados, me cuesta respirar el aire denso, insano, maloliente. Oigo voces que me llegan desde muy lejos, siento que la gente me empuja y me aparta queriendo hacerse hueco en el interior del vagon, ignorando mi presencia asustada, perpleja. 
Sentí el empujón sin intuir su llegada, el inesperado desequilibrio y una chispa de conciencia sobre el peligro cercano. Ahora, mientras mis pies vuelven a estar pegados al suelo, he alcanzado a distinguir el rostro desencajado de un hombre mayor, el dueño de la mano que ha tirado de mi brazo apartando mi cuerpo de la maquina furiosa que entraba a toda velocidad. Justo a tiempo.
El rostro del desconocido me sigue mirando fijamente mientras el vagón cierra sus puertas, su mirada silenciosa tras el cristal me recriminaba fríamente sin palabras. Toda la sabiduría del mundo recogida en las arrugas en torno a sus ojos velados de cataratas. Una mano fuerte para unos ojos inmensos. Sólo entonces he notado a mi alrededor el silencio desconcertante. El andén vacío.

Cargo con toda mi pesadumbre volviendo sobre mis pasos, desandando lo andado, rumbo a casa de nuevo, pensando en encogerme bajo las sábanas y desaparecer, no pensar, no escuchar, no soñar. Hoy no es un buen día para vivir. Según avanzo, escaleras arriba, voy dejando sobre cada escalón un poquito de ilusión, una pizca de alegría allá, otro tanto de esperanza, pero siento la carga sobre mis hombros más pesada en cada paso. Ni siquiera el volver a sentir la luz del día, aún tímida, ha aliviado mi congoja.
Subir la cuesta, buscar la llave para abrir el portal, esperar el ascensor, entrar en casa, bajar las persianas, refugiarme bajo el edredón, intentar no pensar... todo es difícil, todo se me hace eterno.

He despertado inquieta de un sueño pesado. Temblaba y ardía. El pelo pegado a la cara y la almohada empapada en sudor. La ropa de cama arrugada y tirada a los pies. De un manotazo he encendido la lamparilla de la mesilla para mirar el reloj. Las manillas indican las seis y veinte de la mañana, quedan diez minutos para que suene el despertador.

Una corriente de aire frío se cuela bajo la puerta y los cristales de la ventana muestran una húmeda capa de condensación. El pijama, arremangado en las rodillas, dejaba mis tobillos expuestos, los pies congelados.
Me he sentado en la cama buscando las zapatillas que he logrado calzarme con torpeza, con las manos entumecidas y temblorosas.
Un escalofrío ha recorrido mi espalda, el alma encogida al volver a mi mente el recuerdo nítido del sueño reciente. En mi cabeza resonaba aún el eco del sonido metálico de un silbato, el rostro sin nombre de un anciano, y una inquietante sensación de angustia y frustración.

Ha sido una pesadilla. Perdía mi ilusión, lo perdía todo, o casi. Una mano fuerte y desconocida, en el último segundo, me hacía aferrarme a la realidad.
Pesadilla. Sueño. Delirio, espejismo, quimera, ensueño, utopía, ofuscación, alucinación.
Ilusión, pesadilla, sueño, realidad. ¿Quién sabe distinguirlos?

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Mme. Butterfly.