miércoles, 15 de septiembre de 2010

EPÍSTOLAS ESTIVALES (BARCELONA II)

Mi queridísima Mme. Butterfly,
no puedo creer que ya esté de vuelta y sin embargo, después de un par de días en Madrid, parece que nunca me hubiera marchado.
Vuelta a la ciudad, al cemento, las prisas, los madrugones, el tráfico, el ruido... atrás quedan unas semanas que amenazan diluirse en el recuerdo pero a las que intentaré aferrarme con fuerzas para afrontar este otoño triste que, con estos calores, aún ni se adivina.
El tan ansiado mes de agosto se me ha escurrido como agua entre los dedos. Barcelona me recibió con lluvias pero rápidamente las nubes se disiparon para dejarme ver su cara más amable.
Los primeros días apenas fui consciente de dónde me encontraba, dedicada a hacer compañía a Lennon durante su preparación para la intervención. Los nervios y la tensión se le acentuaron debido, creo, a la presencia casi constante de familiares. Estuvo silencioso, taciturno y malhumorado.
La tarde anterior a su ingreso dimos un largo paseo por el Parc Güell y, aunque yo ya he estado allí en varias ocasiones (¿recuerdas?), dejé que me describiera con placer cada uno de los espacios con minucioso detalle. Es un hombre sabio y humilde que jamás se jacta de su conocimiento. Con su aspecto desarrapado y hippioso puede parecer un don nadie pero te aseguro que esconde una personalidad arrabatadora. Un personaje lleno de sorpresas que me siento afortunada de conocer.
Recorrimos el parque y paseamos por la sala de columnas. Lo que Gaudí concibió como zona de mercadeo hoy está repleto de turistas e inmigrantes vendiendo todo tipo de objetos de imitación, ironías de la vida. Ya desde los balcones de la terraza disfrutamos de la contemplación de una Barcelona resplandeciente cuyas luces se iluminaban poco a poco mientras a nuestras espaldas el sol se ponía. Al fondo, el Mediterráneo era sólo una franja azul oscuro que dividía el horizonte. Podíamos distinguir claramente el perfil de alguno de los edificios más emblemáticos: la inconfundible Sagrada Familia y sus inseparables grúas en contraste con el moderno edificio Agbar, erguido como un brillante consolador de colores; las dos torres que señalan el Port Olimpic... y un océano de tejados que se extiende inabarcable ante los ojos.
Regresamos en silencio prolongando nuestro paseo y antes de despedirnos Lennon me cogió la mano:
- ¿Estarás ahí mañana cuando despierte?
Pude notar su temor en sus manos temblorosas y en su carraspeo.
- Viejo tontorrón, ¿crees que me lo iba a perder? no voy a dejarte solo y ciego rodeado de enfermeras buenorras...
Me dió un abrazo y se marchó, pero alcancé a ver un brillo húmedo en sus ojos .
Ha pasado mucho tiempo solo, esa es una de las cosas que tenemos en común, por eso le entiendo y sé que hay cosas que no es necesario decir.
La operación fue rápida pero a mí la espera se me hizo eterna. Fueron apenas dos horas, en las que desfilaron por la salita de la clínica un variopinto repertorio de personajes: el hermano, irreconocible bajo su mascarilla y su uniforme de cirujano, fue amable conmigo y me fue presentando a todo el mundo. Creo que piensa que tenemos un lío. La tieta, rodeada de una corte de vecinas y amigas septuagenarias, es una anciana viuda y forrada a la que el resto de familiares y conocidos hacen la pelota de una forma descarada y bochornosa. la sombra de una herencia flota a su paso como una espesa niebla que envuelve a sus acólitos, casi se palpa la avaricia y la ambición. La buena señora tuvo el detalle de dedicarme una mirada inquisitiva y cargada de desprecio, saludándome cortésmente en su perfecto catalán, seguramente con la intención de poder observarme de cerca y comprobar si tenía un mínimo de educación antes de ridículizarme por mi inconfundible acento madrileño.
El sobrino, un pijo de cuidado con pinta de mafioso, me comía con los ojos desde la esquina más alejada de mi silla. Hablaba en susurros a sus acompañantes, un grupito de niñas y niños bien con pinta de aburrirse soberanamente. Sus comentarios provocaban miradas en mi dirección y risitas poco disimuladas de las pijas rubiteñidas y los macarritas gafapastas embutidos en polos de Ralph Lauren.
Sólo una persona parecía realmente compartir unas gotas de la sangre de mi amigo. Una mujer casi tan alta como yo y de edad similar a la mía, con una melena larga y oscura, aspecto cansado y cara de pocos amigos, que llegó tarde llevando de la mano un niño de corta edad, claramente su hijo, pues mostraba sus mismos ojos oscuros y rasgados, piel morena y gesto incómodo. Fue recibida con caras largas, lo que me dió a entender que era otra de las "ovejas negras" de esta peculiar familia. Saludó en general con un "Hola a todos", así en castellano, como para joder, y tras echar un vistazo descarado a los presentes se dirigió hacia mí sonriendo, lo que adornó su cara con dos grandes hoyuelos.
- Tú debes ser Celeste. Encantada. Yo soy Estrella, la cuñada de Lennon, y este renacuajo es Leo, su sobrino.
Y me plantó dos besos en las mejillas. No tuve tiempo de reaccionar, en ese momento ún médico apareció llamándome por lo que farfullé una disculpa y le seguí a la habitación contigua. Apunté mentalmente que tendría que interrogar a Lennon sobre la aparición de esta misteriosa "cuñada".
La operación había terminado y Lennon había insistido en que fuera yo quien le acompañase al postoperatorio. Así que allí estaba él, tumbado en una cama enorme de hospital y rodeado de aparatos y monitores. Un montón de vendas le tapaban los ojos y gran parte de la cara. Su mano tanteaba el aire buscándome.
-Estoy aquí, tío, tranquilo, estoy aquí. Ya ha pasado todo.
Me apretaba la mano y así permanecimos mientras él descansaba. No quiso que entrara ninguna visita más.
Creo que dormimos varias horas pues cuando yo desperté ya estaba anocheciendo. Un enfermero pasó a revisar los vendajes, apuntó algo en un cuadernillo y se fue.
El doctor se presentó ya de noche, con el hermano de Lennon al lado, para decirnos que todo había ido estupendamente y en un par de días podría quitarle las vendas. El hermano se llevaría a Lennon a su casa, un chaletito en Sarriá, donde descansaría y se repondría. Me habían ofrecido quedarme con él, pero para disgusto de Lennon y alivio del hermano, yo ya había hecho planes para pasar unos días sola como una turista más redescubriendo Barcelona.
No me separé de él y asistí incómoda a las inoportunas y obligadas visitas de la tieta y los "pijos". Nadie más apareció y los dos sentimos un gran alivio. Dos días después los médicos retiraron las vendas de sus ojos y pudimos comprobar que todo estaba bien. El hermanísimo acudiría a recogerle en un superdeportivo para llevarle a su superchalet. Había llegado el momento de las despedidas. Antes de marcharme, agotada y con necesidad de una larga ducha y muchas horas de cama, prometí que en unos días me pasaría a verle. Lennon, con gesto de resignación, sonrió y se burló de mí.
- No te metas en problemas, no estoy en condiciones de ir a recogerte en comisaría.
Empezaba a recuperar su sarcástico humor. Una buena señal.

Los siguientes días vagueando en Barcelona han sido un soplo de aire fresco. Me he alojado en un bloque de apartamentos muy cercano a las Ramblas, en la zona del puerto.
Cada mañana recorría la Rambla en dirección a la Plaza del Rey, donde me sentaba en una terraza mientras leía y desayunaba pan con tomate, rodeada de palomas, abueletes ociosos y chorizos, porque en eso Barcelona no ha cambiado nada: está llena de chorizos, aunque para qué engañarnos: Madrid también. Pero el Barrio Gótico tiene un encanto que trasciende el vaivén de traficantes, carteristas, prostitutas y persecuciones policiales, y bien merece la visita. Allí la ciudad no lo parece tanto, es más como un pueblo antiguo, con sus calles estrechas y sus placitas, iglesias y tugurios, la algarabía de las risas de los niños y los gritos de las madres llamándoles desde el balcón... Y el tiempo transcurre lento, la luz aparece perezosa y arranca sombras a las piedras. Y a veces se huele el mar en la brisa.
Otros días, tras el desayuno, paseaba largas horas sin rumbo, sin prisas, para acabar junto al mar, bien en la playa o en el puerto, con el fin de disfrutar de un buen pescado o un arroz, con la única compañía del Mediterráneo y los chillidos de las gaviotas.
Otras veces programaba cuidadosamente mis paseos para realizar recorridos temáticos diseñados por mí misma: Ramblas- Mercat de La Boquería- Fuente de Canaletas- El Liceo; Rambla de Catalunya -Diagonal - Paseo de Grácia; arquitectura modernista: Casa Batlló, Casa Amatller, Casa Milá (Pedrera), Casa Terrades (Punxes)...; paseos culturales: museos, Palau, MACBA...
Pero también he recorrido ociosa el Camp Nou, el estadio Olímpico, el Port Olimpic, la Ciudadela, el Tibidabo... y he aprovechado muchas tardes para deambular sin prisas por la playa y tostarme al sol cerca de algún chiringuito; he leído durante horas refugiada bajo la sombra de los árboles en recogidas terrazas veraniegas y parques recoletos.
He dormido. He buscado el amanecer sobre el mar y he despedido al sol  desde lo alto de Montjuic.
Y creo que el descanso llegó, poco a poco.
Una tarde recibí una llamada de Lennon abroncándome por no saber nada de mí y requieriendo mi presencia inmediata bajo amenaza de salir corriendo con su petate rumbo a Madrid, eso o cortarse las venas. Y como no podía ser menos, ya que estaba allí por él, le recogí e iniciamos juntos unas jornadas deliciosas.

Pero... creo que esa parte ya te la iré contando en otra ocasión... te echo de menos, mariposa!


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Mme. Butterfly.