jueves, 30 de septiembre de 2010

DE VIAJE POR... ¿MARTE? NO, ES EL TEIDE

Existe un lugar donde el visitante pierde la noción del espacio donde se encuentra.
En pocos minutos se abandonan la exhuberante laurisilva y los densos bosques de pinos, dejando atrás todo lo conocido y reconocible, para acceder a un lugar donde la luz, las formas, los colores y las texturas del entorno adquieren un nuevo velo de irrealidad.
A los ojos de un simple humano la roca se transforman en algo extraño, desconocido, de una enormidad que la vista no alcanza. Un espacio mineral, misterioso e inconmensurable, donde el silencio parece poder quebrar su pétreo corazón y cuya quietud provoca una extraña mezcla de sosiego e inquietud.
El viaje al corazón del volcán se transforma en una inolvidable experiencia para los sentidos.
Las espectaculares paredes verticales de antiguas lavas petrificadas se convierten en muralla inexpugnable para el hombre que, pequeño y mortal, acomete su desafío personal y sueña vencer al gigante. Nada puede la voluntad de la carne contra la fuerza el desierto de piedra, el sol inclemente y la helada noche. El aire cada vez es menos denso. El cielo cada vez está más cerca.
Una luz mágica tiñe de rojo la montaña arrancando destellos del fuego que aún duerme en su interior, paciente y a la espera. La atmósfera, espesa y ardiente, sugiere sensaciones dispares y evocadoras.
El extraño viaje nos llena de dudas ¿espejismo? ¿realidad? ¿sueño?
Extrañas edificaciones coronan las alturas, asomadas al paisaje vertical de la isla. Cúpulas blancas, observatorios del cielo, laboratorios científicos astronómicos, donde el humano cumple al fin su sueño de ver las estrellas y conocerlas todas. El sol, los planetas, las galaxias lejanas, aquí están más cerca.
En otro tiempo el volcán se conoció como Faro del Atlántico. Hoy, su figura imponente es un puente entre el cielo y la tierra. Vigía perenne y distante, descansa eternamente sobre un mullido colchón de nubes. A sus pies, a su sombra, la vida transcurre. Las luces del atardecer semejan ríos de lava que fueran a morir al mar.

Entrañas de mineral que encierran una historia de erupciones. Explosiones en las que el volcán escupió grandes bloques de basalto, cenizas y lavas ardientes. Capas y capas de material fundido que solificó formando formas sinuosas o extravagantes, y pitones verticales de agudos relieves.
"Detrás de aquella montaña de magia estaba escondido el lecho del sol, mi futuro,
y mi destino era buscarlo"
(Salvador Gutiérrez Ordóñez).
Todas las imágenes son propiedad de Juan López Pajarón (www.lopezpajaron.com/),
David Santiago García (www.gallipato.com/) y Pilar González.
Realizadas en el Parque Nacional del Teide, Tenerife, entre 2008 y 2010.

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Mme. Butterfly.