sábado, 1 de mayo de 2010

MADRE no hay más que una

Era el "día de la madre".
Había madrugado para salir a comprar los churros antes de que todos se levantaran, esa sería la primera sorpresa. La segunda esperaba debajo de la cama, dentro de una caja de zapatos vieja, la que usaba para guardar los lápices de colores, plastilina, cuentas de collar y hojas de papel de regalo. Allí, bien estirado sobre todo lo demás, descansaba el gran libro donde había escondido el pergamino que tanto esfuerzo le había costado conseguir.
Primero tuvo que investigar qué tipo de papel era el adecuado para imitar pergamino mediante la técnica de ir quemando los bordes poco a poco. Después robó un mechero del bolsillo de la chaqueta del padre y necesitó realizar varias pruebas antes de atreverse a aplicar la llama sobre los bordes de la cartulina, despacio, sin acercarla demasiado porque enseguida se ponía negro. Debía darse prisa pues el olor a quemado podía llamar la atención de algún mayor.
Ya está,! Los bordes ahora irregulares presentaban un aspecto envejecido perfecto y el color tostado del papel parecía ante sus ojos infantiles un símbolo inequívoco de antigüedad.
El falso pergamino llevaba ya varios días oculto en el gran libro para que no se arrugara ni se estropease. Mientras, había consultado todos los libros de poesía en el estante de la biblioteca del colegio, buscando el poema perfecto, el más bello, el que quería dedicar a su madre.
Los días pasaban y un jueves se levantó con fiebre. Anginas dijo el padre. Claro, si no la hubieras dejado salir sin bufanda... replicó la madre. No irás al colegio, no insistas, te quedas en la cama y punto.
Pero ella tenía que ir, debía encontrar el poema perfecto, el más bello, el que su madre merecía, para escribirlo en su falso pergamino... La niña calló y durmió en los brazos de la fiebre, delirando versos y soñando lazos de colores.
Hacía mucho que no veía a la madre sonreir. Casi no recordaba cuando fue la última vez que se sentó con ella y con sus dibujos de colorear, seguramente desde que llegó la hermana pequeña... Ya eran cuatro niñas, muchas bocas que mantener decía su padre, mucho trabajo que hacer replicaba la madre. Y ya nunca quedaba tiempo para jugar.
Su madre era la persona más importante del mundo, la más querida, y su mayor deseo era darle un motivo para sentirse feliz. No bastaba con ser buena, obediente, portarse bien, quedarse quieta mientras le peinaba las coletas y comerse las judías pintas con arroz sin rechistar ni poner cara de asco.
Necesitaba que su madre se sintiera orgullosa de ella, que sonriera besándola en la frente y que la abrazara fuerte, como antes.
Cuando despertó de la fiebre tenía ya en mente un esbozo de los versos que ella misma escribiría con letra elegantemente curva, con florituras en los extremos y espirales sobre las íes. Si no podía encontrar un poema, el más bello para su madre, ella misma lo inventaría. Y le llevó toda la tarde de un jueves y la mañana del viernes encontrar las palabras necesarias que rimasen adecuadamente y expresasen su gran amor infantil, evitando hacer borrones al transcribir el poema al pergamino.
Una vez terminado lo examinó con atención. Muy bien, sin tachones, no se había desviado, las líneas eran rectas y la caligrafía perfecta. El regalo perfecto.
El sábado transcurrió con nervios, evitando que las pequeñas invadiesen la habitación con sus juegos y travesuras, no fueran a sacar la caja que, escondida bajo la cama, guardaba su precioso pergamino, escondido en el gran libro de juegos y canciones que le regalaron el año anterior, el día de su primera comunión, el único lo suficientemente grande para acoger el pergamino bien estirado.
Y ahora, volviendo de la churrería, imaginaba el momento de entregarle a su madre su regalo y recibir su abrazo. Subió las escaleras de dos en dos, y se coló rápidamente en la casa huyendo de la vecina cotilla que le gritaba - dónde vas tu tan rápido?
Sacó un plato de la alacena para dejar los churros calentitos. La grasa manchaba la bolsa marrón.
- ¿Dónde estabas? ¿quién te ha dado permiso para salir tan pronto? y con este frío ¿tú no sabes que estás enferma y si no mejoras caeran enfermas tus hermanas? anda quita de enmedio que tengo que calentar la leche para el café de tu padre.
La madre ojerosa, con los ojos repletos de cansancio y los labios arrugados en una mueca de disgusto, la empujó a un lado con la mente ya en los quehaceres diarios.
- he comprado los churros... felicidades mamá...
pero el susurro no llegó a los oídos de la madre, ocupada en las tareas de despertar y levantar a toda su prole.
La mañana fue pasando, ajetreada, las horas se fueron en realizar la limpieza diaria, preparar el asado para la comida familiar, ayudar a planchar los uniformes del colegio para el día siguiente. El padre, desaparecido después de engullir dos churros con el café mañanero, reapareció a mediodía, listo para sentarse a la mesa.
La madre tenía un reproche en la mirada, un rictus de disgusto y una reprimenda lista para soltar a cualquiera de las niñas que osara contrariarla.
La hija pensó que ese podría ser el momento adecuado para darle su regalo, e intentar animar a la madre, sacarla de su amargura y su tensión, por cambiar su ánimo por el resto del día.
Mientras sacaba a tirones la caja de debajo de la cama, la hija imaginó una tarde en el parque, jugando y riendo con su nadre, montando en los columpios, pidiéndo que empujase más fuerte que la empujase más alto, quería coger una estrella para dornar su pelo. Aún podía cambiar, todo podría cambiar.
Con el pesado libro apretado contra su pecho se dirigió al comedor, desde donde la madre llamaba a gritos a comer a todos sus cachorros. El padre leía tras un periódico en su extremo de la mesa. La hija ocupó su sitio en el extremo opuesto, dejando el libro delante de ella, sobre su plato y cubiertos.
Apareció la madre, con una gran sopera que depositó en el centro de la mesa, y de repente todo estalló.
- mira qué bien, ya estáis los dos ahí sentados mientras yo me encargo de todo, egoístas...
La madre chillaba, su cara desfigurada se tornaba roja, sus ojos desbordaban lágrimas y las manos nerviosas, tiraron la sopera derramando la sopa sobre la mesa.
- me tenéis harta, no puedo más. No puedo más.
Gemía y lloraba, la cara cubierta de mocos y lágrimas. Dió un golpe sobre la mesa, y los fideos de la sopa salpicaron el periódico del padre que impasible la miraba por encima de sus lentes. Sin mediar palabra se levantó, cogió su chaqueta y salió por la puerta de la casa, dejando sola a la madre, dejando a las niñas asustadas ante una madre deshecha en nervios, temblorosa y llorosa, demasiado pequeñas para mediar, demasiado pequeñas para entender.
La madre llena de rabia se volvió hacia las niñas y señalando el libro sobre la mesa aulló:
- ¡tú!, cuántas veces te he dicho que no quiero verte sin hacer nada, todo el día leyendo, todos los libros por ahí tirados... me tienes harta, ¡¡¡¡¡¡mira lo que hago con tus libros yo!!!!.
Y ante los ojos estupefactos de la hija que no se atrevió siquiera a moverse al sentir la bofetada, la madre cogió el libro y de un tirón lo partió en dos, y riendo, presa de una triste euforia, fue deshojando los restos de las páginas del libro, arrancándolas y llenándolo todo de trozos de papel.
La hija, sintiendo como las lágrimas corrían por su cara, escuchó claramente cómo su corazón infantil se rasgaba con cada trozo de papel que caía. Cada trocito de pergamino roto, cada fideo ensuciando el mantel, cada letra escrita con cariño y amor, eran un pedazo de su inocencia golpeada y destrozada. 
Su cara, enrojecida por el bofetón, sólo mostraba sorpresa e incredulidad. En su cabeza, lejos de intentar calmar la ira de su madre, intentaba recuperar los versos perdidos, desgarrados, sabiendo que nunca conseguiría volver a componer el poema.
Se tragó la pena, el miedo y las ganas de llorar, y pensó si alguna vez sería capaz de tragar esa sopa de letras.

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