martes, 11 de mayo de 2010

MALDITO BARRIO, SIEMPRE

Esta es la tercera y última parte de un relato más amplio. Para conocer el resto de la historia sigue los siguientes enlaces:

MALASAÑA, BARRIO MALDITO. MALDITO BARRIO http://celeste-mariposasverdes.blogspot.com.es/2010/03/malasana-barrio-maldito-maldito-barrio.html
BARRIO MALDITO (II) http://celeste-mariposasverdes.blogspot.com.es/2010/04/barrio-maldito-maldito-barrio-ii.html

Llevo horas deambulando bajo la lluvia, recorriendo arriba y abajo las calles que tanto odio pero que ya no me asustan, desafiándolas, intentando encontrar signos de lo que antes eran, buscando a qué enfrentarme. En algún rincón mi mirada tropieza con retazos del pasado. Las baldosas modernistas de la antigua farmacia que ocupa la esquina entre San Andrés y San Vicente Ferrer, con su publicidad del Diarretil Juanse... Sigue ahí la bodega Hermanos Camacho, el edificio de la antigua fábrica de hielo convertido ya hace añor en modernos apartamentos, la parroquia de Maravillas, el colegio General SanJurjo, el instituto Lope de Vega...

Callejeo y sólo encuentro bares y tiendas cerradas. Mis pasos me llevan sin pensar hacia la Plaza que está prácticamente desierta, solo gente con perros. Normal, día de perros para perros. Me río yo sola de mi propio chiste malo. Malo.
Hace años, a un lado de la plaza, entre la Iglesia y San Andrés, los padres de mi amiga Paloma tuvieron una pequeña papelería. Me acuerdo de ella: bajita, simpática y ojos oscuros, recuerdo que me prestó un vestido largo para mi primera cita con un chico que me gustaba mucho. Demasiado largo y demasiado estrecho: fue todo un éxito. La tienda ya no existe y hace siglos que no veo a Paloma. Hacía una eternidad que no venía por aquí.
Me doy cuenta de que los malos recuerdos siempre han escondido los buenos, relegándolos a un rincón donde apenas dejo entrar la luz. Tal vez deba empezar a cambiar mis perspectivas. Puede que sea el momento para dejar a un lado mis prejuicios.
Un borracho medio tirado en un banco de la plaza lanza improperios al aire. En la esquina de La Palma dos niñatos se pegan, mientras otro vomita entre unos coches. Una anciana que arrastra penosamente su carro de la compra está a punto de ser arrollada por un furgón de la policía que sube hacia Tribunal a toda pastilla con la sirena puesta. Del balcón de enfrente surge una mezcla de reaggeton y rumba.
Malasaña ha cambiado mucho pero sigue siendo Malasaña, y ya no es el nido de yonquis, tirados y delincuentes que me tocó vivir, pero su suciedad, su basura y sus aires modernos de panfleto caducado me dicen que no es sitio para mí. Nunca lo será. Odio demasiado lo que fue. Espero no volver jamás y olvidar que un día fue mi casa.
Me largo de aquí antes de que se me pase el buen rollo. Ha dejado de llover.

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Mme. Butterfly.