jueves, 20 de mayo de 2010

EL PASADO EN BLANCO Y NEGRO

"No se vive celebrando victorias, sino superando derrotas".

Un amigo me enviaba hace unos días el link de una página donde un internauta ha recopilado una maravillosa colección de recuerdos, objetos cotidianos y retazos de cultura la popular que formaban parte del día a día.
La mayoría pertenece a las décadas de los 40, los 50 y los 60 del siglo pasado, una época que algunos, como yo, asociamos al "blanco y negro". En esas fechas de postguerra, cuando aún ni se podía soñar con la posterior etapa constitucional, España era un compendio de imágenes en blanco y negro.
Los que entonces no eramos ni proyecto, hemos oído siempre lo mal que lo pasaron, los unos y los otros, lo difícil que era la vida, e imaginamos que ésta debía ser dura, triste, complicada, gris.
Mis padres no pudieron estudiar. Mi padre era aún un niño cuando comenzó a trabajar como aprendiz, y a mi madre la sacaron del colegio para poder cuidar de sus hermanos menores. Ella dice que es lo único que jamás podrá perdonar a su admirado padre. Es la única de la familia a la que se le dan bien las matemáticas. Nunca conocí a mi abuelo, murió mucho antes de que yo naciera, siendo mi madre adolescente, dejando una viuda treintañera con seis bocas que alimentar. Pero la vida sigue para todos y a pesar de las dificultades han sido ya muchas las derrotas superadas.
Y también las victorias celebradas. Y mal que bien aquí seguimos. Y a eso voy.

Guardo una pequeña colección de postales y fotografías antiguas, la mayoría son fotos familiares y casi todas en blanco y negro. La heredé de mi abuela cuando ésta falleció. En realidad simplemente ella murió y yo me quedé con su caja de imágenes. Guardo cientos de fotografías de personas a las que no conozco, y de amigos, vecinos, familia. También de lugares y momentos especiales, y con el tiempo he ido ampliando la colección con postales de viajes y fotografías de mis sobrinos, las adquisiciones familiares más recientes, pero eso ya es otra historia.
Cuando abro esa caja mágica, el mundo que allí aparece es un mundo que yo sólo he conocido en tonos grises, sin color, sin vida. Mi madre me ha sacado de ese error dibujando con colores y sonidos cada una de esas imágenes, regalándome sus recuerdos para componer un pasado que, en parte, también es mío.
Su vestido de boda era azul, igual que los ojos de mi abuelo Juan, igual que los suyos y que los de mi padre y sus padres. Por eso sus cuatro hijas recibimos en herencia esa tonalidad. La toquilla con la que envolvía a Lourdes, ésta con apenas dos meses, frente al Palacio de la Música en plena Gran Vía madrileña, una mañana soleada de abril. Era de color amarillo. De punto, tejida por una amiga de la abuela Feli.
En otra foto, mi madre baila junto a su hermana Blanca, frente a un tocadiscos, "disfrazadas" de chicas ye-yé. Grandes gafas oscuras, melenas recogidas por enormes cintas, suéters de cuello alto de tono pastel y estrechos pantalones de pitillo. Me cuenta que cuando realizaban encargos para mi abuelo, se escapaban corriendo a alguna kermés para bailar una canción, y volvían acaloradas a casa, olvidando a veces, el encargo. Mi padre se enamoró de sus piernas. Ella, bajita, usaba faldas de tubo estrechas y hasta la rodilla, y cuando se le rompían las medias y no podía gastar en otras, confiesa que se pintaba una línea que subía desde el talón por detrás de sus piernas, imitando la costura de las medias finas que usaban las starlettes. Y se ríe recordando cómo se pintaba las pestañas con una solución de regaliz a modo de rímmel, y cómo al cabo de un rato las pestañas acababan pintando rayitas en los cristales de sus gafas. Le gustaban Adamo y Demis Roussos.

Mi padre recuerda que podía abarcar su cintura con las dos manos. Grandes manos rugosas y estropeadas, fuertes, surcadas por una maraña de arrugas, que hoy acarician con ternura a sus nietos pero que tiemblan como hojas, incapaces ya de sujetar apenas las páginas de un libro. Era un hombre guapo, muy guapo. Alto y esbelto, con gesto amable, un poco tímido. Posa en las fotos siempre escondido tras un cigarro, sonríe. Siempre bien afeitado. Hoy tiene húmedos los ojos. Conserva el pelo y unos kilos de más. Fanfarronea diciendo que fue novio de Mari Fé de Triana, a saber... Mi madre se molesta y cita unos cuantos pretendientes ricos para intentar poner celoso a su marido. Él la mira, se ríe y no la hace caso. Le gustan las cintas de Manolo Escobar y la música de los westerns. Sigue teniendo un caracter templado y tímido, es una persona noble, un buen hombre. Guarda en su cartera una foto, la del carnet de familia numerosa en la que aparecemos todos hace treinta años. Susana, aún bebé, en el regazo de mi madre que sonríe, sentada en el centro, con el pelo largo y rizado. Lourdes y yo de pie, una a cada lado. Ella el pelo muy largo, la más mayor. Yo muy corto. Belén trastea inquieta en los brazos de mi padre. Creo recordar que el vestido azul que lleva era mío. Economía familiar. Cada hermana heredaba la ropa de las otras. Yo tuve suerte, me llevaba ocho años de diferencia con la mayor, así que nosotras estrenábamos. Las pequeñas reciclaban. Un gran ejemplo, mi madre. Recuerdo un peto amarillo que dió cien mil vueltas pasando de mano en mano... y el vestido de comunión, sencillo, blanco con calados y un lazo beige, que una vez acortado sirvió a Belén como traje para bodas, bautizos y comuniones...

Ambos, mis padres, me ayudan con mil y una anécdotas a llenar de colores las imágenes de esa caja y a definir las historias que encierra. No fueron tiempos grises, fueron felices, duros pero felices. La familia era muy importante. Se celebraron algunas victorias, pocas, pero ahí seguimos, superando las derrotas. No siempre tan unidos como debiéramos.

Os recomiendo echar un vistazo a la web: http://www.rafaelcastillejo.com/
Pintará de colores esos recuerdos en blanco y negro que forman parte de nuestro pasado. Y si sois tan jóvenes que no os reconocéis, os ayudará a imaginar un pasado con un tierno toque inocente y mucho menos gris de lo que algunos lo quieren pintar.
Tal vez un día tenga tiempo para digitalizar las piezas que atesoro en esa caja, y pueda volcar aquí algunos retazos del pasado. De momento, dejo una muestra. Soy yo misma, en un precoz momento fashion, apuntando ya como coleccionista de complementos... Y es que el futuro no está escrito, pero el pasado nos da muchas pistas.

2 comentarios:

  1. Los abuelos existen para tener recuerdos sobre ellos.
    Me preguntaba, ¿cómo me localiste y me etiquetaste como una mariposa "bicho raro"? Quizás en la crisálida se encuentre el mayor enigma de los que nos vamos transformando...tú incluida.
    Un saludo reflector.

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  2. Te localizé por puro azar, buscando blogs de poesía y literatura, y el tuyo me gustó, m epuse a leer...
    espero que las etiquetas de bichos raros no os resulten ofensivas, sois mi colección de blogs favoritos, los que suelo seguir. Y lo de "raro" es porque pienso que todos vosotros tenéis algo que os hace diferentes, por eso me gustaron vuestros blogs, aunque seamos todos diferentes.
    Me gusta lo que dices de la crisálida, a veces pienso que dejo atrás una y ya estoy desarrollando otra, ¿somos un enigma? seguramente: bichos raros, preciosos, únicos y siempre diferentes.
    un saludo reflector!!!

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Ya que estas aquí, podrías decirme que te parece todo esto! Vuelve pronto! Un saludo,
Mme. Butterfly.