lunes, 26 de abril de 2010

BARRIO MALDITO, MALDITO BARRIO (II)


Puta casa, puto barrio, puto pasado. ¿Qué coño hago aquí?

Y sigue todo tal cual, como si nada hubiera ocurrido.
Cierro los ojos y oigo susurrar a mis fantasmas. Están todos aquí, de pie, conmigo, parados en mitad de la calle gris y vacía, riéndose de mí que, inmóvil, sólo puedo sentir la lluvia helada penetrándome el alma y mojando mi cara.
Pero aquí estoy, he vuelto. Nadie podrá acusarme de cobarde, quizá de sadomasoquista.
Abro los ojos y vuelvo a ver la calle de mi infancia, los adoquines de la acera levantados y las farolas rotas. Una calle en blanco y negro, porque me resisto a darle vida a algo que debería estar muerto, porque aquí no hubo nada que mereciera recordarse con colores. Todo sigue teniendo la pátina gris y roñosa del pasado, desdibujada, estrecho y constreñido, o quizá es mi memoria la que quiere verlo así.
Camino por el centro de la calzada, no quiero arrimarme mucho, siento que si los muros pudieran tocarme me atraparían y quedaría emparedada entre el ladrillo y el hormigón.
Noto ciertos cambios. las tiendas de barrio, pequeñas y abarrotadas, la papelería, la panadería, el taller, el restaurante, la lechería... han dejado paso a tiendas de chinos, de discos y baretos.
La zona nunca ha perdido su fama de gheto, aunque ahora en lugar de gheto de yonquis y delincuentes, de movida madrileña y hervidero de artistas, se haya convertido en una colmena de modernos, alternativos, gafa-pasta, nihilistas (putos nihilistas, Pay), creativos, gente guapa (y gente fea que va de guapa) y algunos que se creen todo lo que las revistas de ocio dicen de este barrio.
Mentira, yo digo en voz alta a quien me escuche que es mentira, y no llevaré razón pero razón no me falta.
Para mí sigue siendo mi barrio, mi barrio odiado, temido, doloroso, muerto, lleno de esquinas repletas de jeringuillas y papel de plata, de zombis andantes, de traficantes de mirada rasgada y piel morena, de amigos enganchados, de familias rotas, de padres alcohólicos, de niñas prostitutas, de asesinatos y suicidios, de rumbas carcelarias, de ancianas asaltadas, de comercios enrejados, de atracos en el portal, de sangre en los zapatos, de palizas a oscuras, de cucarachas y ratas, de robos en las cuerdas de tender, de violaciones en el instituto, de artistas cocainómanos que te meten mano, de carreras huyendo sobre tacones, de peleas de vecinos, de navajazos adolescentes, de marcas que aún duelen... un barrio maldito.
¿Qué otra cosa podría pensar de un lugar de donde no ví salir nada bueno? NADA, NUNCA.
La maldición me persigue y el recuerdo no cambia. Da igual que ahora todo sea diferente, mejor para vosotros, pero no para mí. ¿Quién me devuelve el color de ese recuerdo? ¿Cómo olvidar todo lo que se tragó? ¿Dónde buscar al amigo perdido? ¿cómo recuperar las noches en vela por el miedo?
Mariposas oscuras me arañan las entrañas y pugnan por escapar, cuchichean con mis fantasmas, confabulan contra mi cordura. Giran en loco torbellino en mi mente, mareándome y revolviéndome el estómago. Qué asco. Hay que tragar saliva y hacer de tripas corazón, superar los temblores y mirar de frente con la cabeza bien alta, enterrar a los muertos y tapar las cicatrices con maquillaje. Mundo de hipócritas, eso es lo que somos.
Pero no todo fue en vano, de algo ha servido el exilio: lo que no consiguió matarme me ha hecho más fuerte y creo que hoy he vuelto para poder escupir a esta puta calle y gritarle a este puto barrio que el pasado no ha podido conmigo, no lo ha conseguido. Yo aún sigo aquí .