sábado, 14 de noviembre de 2009

AUREVOIR CELESTE, BIENVENUE MADAME BUTTERFLY!

Sobre la piel sólo llevaba un aroma, dulce y espeso, una nube de encaje negro y purpurina plateada.
La despedimos sin lágrimas, con la resignación del que espera desde hace tiempo el único desenlace posible.
No hubo palabras leídas, cantadas o declamadas desde un púlpito. Ya estaba todo dicho.
Se fue dejando tras de sí varios corazones rotos, un alter ego confuso y una vida desordenada, desapacible, descarada, desarraigada, digna de otros muchos adjetivos que empiezan por "des".
Cuando el último de los presentes hubo abandondado el pequeño cuarto, yo misma cerré la puerta en silencio no sin antes echar la vista atrás, sólo por una vez, la última vez.
No sé si fue mi imaginación pero allí frente a la ventanita de cristal tras la cual Celeste ardía sus últimos fuegos, creí atisbar dos pequeñas mariposas verdes revoloteando alegres ante su morada final. Sutil despedida.
Puede que lo imaginara y parpadeé con sorpresa. Cuando abrí los ojos nada ví.
Tome aire, respirando profundamente, aspirando con ansia un oxígeno que por primera vez en mucho tiempo sentía limpio y transparente.
Caminé segura y erguida hacia mi nueva vida, el resto de mi vida, imaginando en mis oidos las notas del aria dulce de Verdi: la Callas interpretando el papel de japonesa ultrajada y abandonada.
Belleza en estado puro agitando las alas, pugnando por sobrevivir.
Me lo he prometido: nunca más Celeste.
Bienvenida, Madame Butterfly.

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Mme. Butterfly.