martes, 6 de octubre de 2009

HABLAR POR HABLAR

El silencio de las últimas semanas se ha roto.
Celeste ha aparecido con un nuevo peinado y estrenando zapatos.
Parece que el otoño, con sus ventoleras repentinas y cambios de tiempo, acumula la hojarasca en mi puerta y me pone de mal humor.
El verano ha pasado escurriéndose, agua que se escapa entre los dedos y ya no quedan ni restos de humedad. El calor se resiste a rendirse haciendo los días pesados y largos.
Celeste se aferra a sus vacaciones como escusa para hablarme. Yo cierro los oídos y me tapo la boca intentando evitar que me contamine con su palabrería, sus secretos, sus consejos desaconsejables, su cariño meloso e infantil que es a la vez veneno y amor.
Quiero seguir en mi encierro voluntario de silencio confortable; son ya demasiadas palabras para poder ordenarlas con sentido; verborrea aburrida que no comprendo; incomunicación e incomprensión.
Algo pasa y Celeste lo intuye, por eso viene, por eso me pregunta, por eso me ha estado leyendo a escondidas.
Yo querría que ella se marchase para siempre pero estamos demasiado unidas para pensar en una escisión. Quisiera que dejara de atormentarme con sus paranoias y sus mentiras, con su locura, su melancolía y su falsa alegría.
En el fondo Celeste es buena. No, es la mejor.
Pero añoro su silencio, cuando todo era más fácil.
Cuando hay silencio es más fácil escapar, disimular, huir.
Celeste, querida, cállate. No hables tanto, y actúa.
Seguro que tarde o temprano lo lamentaré.

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Mme. Butterfly.