lunes, 19 de octubre de 2009

BÁLSAMO FUGAZ

Otra vez el mar.
Huímos en busca de descanso, lejos de nuestras rutinas, de la ciudad, de nosotros mismos.
El mar nos recibe, siempre paciente, esperando en su orilla, como el amigo lejano que nunca nos puede visitar.
Las olas, anfitrionas engalanadas, se han vestido de plata para darnos la bienvenida y se agitan formando espuma para venir a salpicarnos los pies.

Los besos del mar son siempre salados.

Se nota ya el otoño y un tímido sol se acerca a saludar entre las nubes.
El viento es húmedo y caprichoso, no sabe si quiere o no, pero te agita por dentro.
Hace tan sólo unos días hubo tormenta. Nos cuentan que las aguas escupieron tesoros inmundos que hoy los niños juegan a explorar junto a la orilla.
Caminamos por la arena con los pies descalzos, las sandalias en la mano, esquivando peces muertos, babosas, esponjas, algas, maderos y redes, y otros restos que el agua no ha querido retener. Un poco más allá, unas pocas gaviotas picotean los ojos de un pez que aún boquea. Encuentro una concha bellísima que guardo para mi colección.
El mar siempre te agasaja con algún recuerdo bonito, es para que no lo olvides y vuelvas.

Un rayito de sol que pica me anima a lanzarme al agua y dejarme abrazar por mi querido amigo.
Me subo a una ola, me sumerjo y buceo con los ojos abiertos. Siento las agujas heladas del agua fría que me queman la cara, las piernas, los pulmones, cortando la respiración; pienso que sería fácil dejarse arrastrar por la corriente y hacia el fondo, quedarme allí para siempre...
Cuando ya no aguanto más, vuelvo, salgo a respirar. Las olas me han alejado de la orilla y tengo que hacer un esfuerzo enorme por bracear contracorriente y alcanzar un punto donde hago pie. Me golpean, trago un poco de agua, me zarandean un poco, juguetonas.
En la orilla, un viejo con gorra y bastón me abronca. Salgo del agua y me grita que estoy loca. Se marcha hablando solo y vuelve la vista atrás recriminándome mi imprudencia.

Los locos de ciudad no sabemos comportarnos, al mar hay que respetarlo y dejarle gruñir cuando está furioso.
Yo en el mar me desahogo.

En la arena me esperan una toalla y una sonrisa.
Durante unas horas, el mar nos hipnotiza y nos obliga a someternos a la terapia del olvido.
Ahogamos, minuto a minuto, en esa superficie antes plata y ahora verde, los agobios y preocupaciones que cargamos en nuestro viaje. El sol hace que se evaporen saliendo de nuestras cabezas como nubes que flotan sobre las aguas y, allá lejos, en la línea del horizonte, se hunden para no volver más.
El mar cambia lágrimas y suspiros por cantos de sirena y rumor de caracolas.

Cúmulos blancos se pasean por el cielo azul sobre nuestros cuerpos. Jugamos a descubrir seres extraños y caras grotescas en sus formas algodonosas, pero sopla fuerte el levante y las nubes se deshacen rápido, se van.
La tarde pasa rápida y no hay atardecer, el Mediterráneo no sabe de cielos rojos.
La luz se vuelve amarilla hacia el sur y el cielo es gris hacia el interior, preludio de agua de lluvia.
Sobre el mar, ahora en calma, brillan hilos de oro y plata sobre un espejo de agua verde oscura. El verde, siempre el verde, nos regala un último espectáculo con su contemplación.
La oscuridad nos invita a despedirnos, hasta la próxima, hasta otra, hasta siempre.
Volveré.

Ahora, con mi concha al lado, recuerdo haber dejado en la orilla un mal sueño, un quebradero de cabeza, una escusa y cinco minutos de dolor.
Me perdono el descuido. Bálsamo fugaz esta visita al mar.

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Mme. Butterfly.