miércoles, 17 de junio de 2009

A MIS BICHOS

Tenemos juntos mil y un viajes por hacer. Viajes para cumplir nuestros sueños de historia, caminos sin fin, rutas de la seda y mercados de especias.
Tenemos una y mil cartas que escribir, para contarnos lo que callamos, lo que pensamos, lo que ocultamos.
¿Te has parado a pensar dónde quedan el cariño que escondemos, los besos nunca dados, los reproches silenciados, las ganas de reír sin reservas?
¿Dónde te conducirán tus pasos el día que por fin emprendas la aventura tan largamente soñada? ¿Quién te acompañará entonces?
Hoy he inaugurado un capítulo más en mi libro de la memoria enfrentándome a una caja cerrada en la que hace tiempo abandoné un secreto.
Hoy la he abierto de par en par y se ha liberado el temor, se han marchado también algunas mariposas oscuras y hoy, por fin, me siento mejor.
Perdimos el tiempo esquivándonos pero contigo he aprendido a ser más fuerte y hoy ya no tengo miedo a decirte lo que pienso, ni a querer lo que siento.
Se acabaron las jaulas y las mentiras. Si un día te mentí fue por tu bien. ¿Recuerdas ahora mi silencio empecinado? El nuevo viaje a emprender contigo será una senda donde las preguntas tengan respuesta, objetivas y sinceras.
Ahora quedan por llegar los interrogantes, tus dudas y mis explicaciones, pero estoy preparada para hablar contigo, hoy ya no me duele y quiero seguir caminando.
Tengo un único deseo y quiero compartirlo. Leerás sólo una de mis cartas para encontrar el camino hasta mí. Ese es tu viaje, al final del recorrido yo estaré esperando. Esperándote.

martes, 16 de junio de 2009

EL LARGO VIAJE (FINAL) LO DIFÍCIL ES VIVIR

Los días pasaron como un suspiro.
Conseguí alojamiento en una pequeña casita a unos veinte metros de la playa, con patio emparrado y amplias habitaciones de grandes ventanales, altos techos, decoración antigua y vigas vistas, que me resultó acogedora desde el momento en que entré. En la cocina, suelo de baldosas hidráulicas, fogón de carbón, fregadero de mármol, pucheros antiguos y calderos de bronce, y una colección de platos cerámicos.
Una vez solté la mochila me senté en el patio, encendí un pitillo y tomé posesión de mi nuevo espacio. Aún no sabía el nombre de la localidad en la que me encontraba, aún no sabía qué iba a hacer, aún no quise pensar.
Me sumí en una pereza inducida recurriendo a las pastillas habituales y dormí durante horas un sueño intranquilo del que desperté mojada de lágrimas, hambrienta y decidida a hacer todo lo posible por cambiar.
Vacié el bolso sobre la cama y tiré las pastillas al baño. Adiós para siempre.
Me duché y, con ropa limpia, salí a la calle a comprar comida, tabaco, vino blanco y un bañador. La única tienda de la localidad me facilitó, más o menos, lo que necesitaba, incluso me hice con un capazo de esparto y unas cómodas zapatillas hechas del mismo material.
Aproveché mi incursión para pasear por un puerto marinero que se me antojó diminuto y recorrer un paseo arbolado que conducía directamente a la playa. Siguiendo la línea del horizonte, distinguí, con sopresa, unas ruinas arqueológicas en las dunas. Mentalmente programé su visita para otra ocasión.
El anochecer me sorprendió sentada en la arena disfrutando de la contemplación de los últimos rayos del sol sobre el agua, de la brisa salada y del tacto de la arena en mis pies, enfriándose por momentos. Momentos que se me hicieron eternos y que disfrutaría cada día, volviendo a oscuras cada noche bajo las estrellas y el rumor de las olas a mis espaldas.
...
Así pasaron los días, muchos, suavemente, sin prisa. Bajo el sol. Al borde del agua. Sumergida en el océano. Tardes interminables de siesta. Largos paseos en soledad descubriendo bonitos rincones entre las ruinas romanas, viejas tabernas de pescadores donde cenar un buen atún de encebollado, sesiones de sol entre las dunas, cubierto el cuerpo de barro y los ojos de azul, bálsamo para las heridas.
En la noche solía aparecer BOLO, que bajaba a la playa a hacerme compañía y me miraba en silencio mientras yo leía, lloraba, escuchaba el mar, miraba la luna, añoraba otra vida e intentaba olvidar.
Recuerdo esos días como algo lejano, vagos, se difuminan en mi memoria mezclándose con otros detalles extraordinariamente nítidos: una fiesta en la calle, un lametón de BOLO, una tormenta veraniega, una risa desconocida.
...
Una madrugada desperté sobresaltada, con el corazón palpitando sin control y un mal sueño diluyéndose en el recuerdo. Entonces todo cambió. De forma impulsiva busqué unos cuadernos abandonados en el fondo de una bolsa y un lápiz y comencé a volcar en ellos mi vacío.
Siguieron días de escritura frenética. Llené varias libretas de rabia contenida, arranqué páginas emborronadas de lágrimas y comencé otras nuevas con nuevos ánimos, una y mil veces repitiendo una historia, la tuya y la mía, de mi huida por tu felicidad a costa de la mía, intentando vaciarme para olvidar, intentando volcar todo el dolor acumulado en unos papeles y un poco de tinta, intentando deshacerme de ese lastre que, de seguir conmigo, me arrastraría a la locura.
Fue un proceso catártico, casi una metamorfosis, una cura de sol y mar, días de trabajo incesante sólo interrumpidos por breves momentos de lucidez en los que me advertía a misma que debía volver, debería al menos dar señales de vida, llamar para decir que estaba bien. Pero algo me retenía, me impedía regresar, no quería hablar, sólo olvidar...

Fueron tres meses de escapada. Ahora parece poco.
Simplemente se acabó el dinero y el tiempo. La obligación de volver pudo con el deseo de mantenerme lejos.
Sólo me despedí de BOLO, el perro blanco sin dueño, nadie me importaba lo suficiente para tenerle que decir adiós.
Cargué el coche y conduje varias horas.
Recuerdo que el sol me daba en los ojos, no recuerdo que aquel camión se cruzara en la carretera.
Recuerdo el chirriar del metal, los gritos de la gente, las sirenas de las ambulancias.
No recuerdo los días de hospital, semanas, ni el dolor que mi cuerpo debió sentir.
Recuerdo que desperté sin poder moverme y unos ojos familiares angustiados lloraban y reían a la vez al verme volver, por fin.
Mi cabeza no entendía qué había pasado, la película que me contaron nunca la ví.
Una cicatriz en mi muñeca derecha me recuerda que a punto estuve de perder la vida.
Nunca he vuelto a conducir y me invento mil escusas para justificarme.
Jamás volví a pronunciar tu nombre, se quedó atrapado entre los hierros bajo aquel camión sin frenos, junto a mi historia de abandono y traición.
Volví a Bolonia, al cabo de los años, y paseé por sus ruinas, llenando los ojos de mar.
Un perro blanco jugaba en la orilla. Decidí no volver a escribir.
Pero la memoria es débil y el tiempo todo lo cura... bueno, todo no.
Es difícil vivir, morir es fácil.

lunes, 15 de junio de 2009

OLVIDAR SIN QUERERLO

“Cuídate sólo de guardar
algún recuerdo hermoso de este olvido...
[en el que me abandonas
sin un adiós, siquiera un "te he querido"]”.

He roto tus palabras. Quebré las líneas escritas para no ver nunca tu letra, el papel que rozó tu mano, tus tildes y tus comas, la tinta de tu pluma.
He quemado tus cartas, vaciado el buzón, desnudado la agenda de datos que siguieran tu pista.
He anulado tus números, tus direcciones y tus fotos. Ya no quiero, ya no te quiero. Esa será mi venganza, hacer como que no existes, aunque me mate de noche y no me deje vivir de día.
Esa será mi venganza y mi agonía.
Ni te quiero, ni te quise, ni te dejo de querer. Ahora ¿qué importa? Ya es tarde.

Adiós no es nada.
Hasta nunca.