martes, 28 de abril de 2009

EL SUEÑO DE CELESTE (III)

Dicen que la piel recuerda lo que la memoria olvida. Que algunas sensaciones provocadas por determinados olores, sabores, sonidos, colores... se entrelazan en nuestro cerebro pasando a formar parte del misterioso tejido de los recuerdos, de forma inconsciente y secreta.
Y llega un momento cualquiera en que de repente, de forma subliminal e inesperada, un estímulo pone en alerta esos recuerdos y devuelve al presente escenas de ayer.

Celeste nunca ha querido olvidar. Pero la memoria, mala confidente de secretos, juega malas pasadas. Celeste no recuerda bien ciertos detalles pero hay otros que no cesará de recordar en un intento vano de reencuentro con un pasado irrepetible.
La estela de un perfume masculino repleto de matices, el sabor del vodka en los labios de un beso, el peso de una mano sobre el brazo y la caricia incipiente que prometía, el susurro de una voz sueve a tu espalda, el brillo de una piel que se fundía sobre la propia, un dedo escribiendo con letras invisibles un nombre sobre la piel desnuda, un cabello rubio, fino y corto, una caricia profunda que duró horas eternas, el ritmo monótono de una canción cuya letra no entendía, un sueño breve y rápido en brazos desconocidos, unos ojos azules y tristes mirando tu cara al despertar, el roce de una barba incipiente en rincones ocultos, el momento de máximo placer repetido una y otra vez, y otra, y otra...

Y todo pasó. El día llegó filtrando por las persianas finos rayos de luz que reptaban sobre una alfombra roja hacia el borde de las sábanas, caídas a los pies de una cama inmensa, blanca, deshecha, donde los cuerpos agotados se resistían a separarse.
Cada beso parecía ser el último. Cada trozo de piel pedía seguir siendo acariciado. Cada mirada suplicaba más.
Y las horas pasaban.

Celeste me contó que aprovechó un momento, cuando de nuevo comenzaba a oscurecer y la respiración del desconocido se relajó envuelto en sueño, y se armó de valor para salir de sus brazos, encontrar su ropa, vestirse aprisa y salir sin mirar atrás. Sólo junto a la puerta, en un gesto de flaqueza, volvió la mirada y sus ojos se encontraron con los del desconocido que no disimulaba un gesto de sorpresa y dolor. Un beso al aire, una sonrisa de despedida muda y un hasta siempre silencioso la acompañaron.

Recuerda haber cerrado de golpe la puerta y bajar corriendo las escaleras sin esperar al ascensor. Paró un taxi y el cansancio comenzó a hacer estragos. Miedo, vergüenza, satisfacción, risa... labios dormidos, piernas doloridas, el pelo en absoluto desorden... mil sensaciones acudían a su mente aún sorprendida ante su reciente experiencia.
Celeste sólo quería dar la vuelta y volver.

Pero no lo hizo. Llegó a su casa y consiguió dormir. Y los días pasaron y la rutina se adueñó de las horas. Un sábado alguien le preguntó si había vuelto a ver a Él, y sólo entonces supo su nombre. Meses más tarde pudo averiguar más sobre el desconocido (un hermano de una amiga del hermano de una amiga) pero nunca supo porqué no volvió. Nunca, nunca más le ha visto.

A veces, en lugares con mucha aglomeración de gente, Celeste cree distinguir su cabeza, su perfil. A veces, en bares repletos de humo y sombras, celeste cierra los ojos y baila, e imagina que él está ahí y la está mirando. A veces, cuando Celeste ha rozado la línea tras la cual no hay retorno, su recuerdo ha sido un recurso al que aferrarse, una flor en esta mierda de vida.
A veces, Celeste sueña con Él y sus ojos azules sonriendo. A veces, al despertar, siente aún su voz susurrándole al oído -hoy, el regalo eres tú, princesa.

Dice Celeste que la piel recuerda... y me pide que lo deje bien claro aquí, por si Él lo leyera por causalidad. Por si un día vuelve.

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Mme. Butterfly.