lunes, 30 de marzo de 2009

El SUEÑO DE CELESTE (II)

Una copa llevó a otra. Un beso a otros mil. Cada caricia desembocó en un torrente de manos ansiosas que buscaban por encima de la ropa la piel escondida, el encaje del sujetador, una calentura creciente que iba a más con cada sorbo de vodka, con cada beso profundo y húmedo, con cada palabra susurrada al oído allí donde el perfume es más intenso.
Los ojos claros del desconocido sonreían y Celeste temblaba. La tomó de la mano y tiró de ella hasta salir de aquel antro.
Celeste arrastrando su bolso sin querer separar sus labios de aquel hombre inquietante, sin querer separar su cuerpo de aquellos brazos musculosos y su pecho ancho y fuerte, de aquel mentón decidido y esa boca ardiente.
Celeste no quiso preguntar donde iba, se dejó llevar.
Sólo unas calles más abajo, el desconocido la arrastró al interior de un oscuro aunque amplio portal, y empujándola contra la pared tapó su boca con la suya mientras sus manos descubrían bajo la camiseta de Celeste lo que habían tanteado en el local saturado de gente y de humo.
El desconocido la devoró el cuello bajando lentamente en un insufriblemente lento recorrido hacia sus pechos. Todo eran suspiros, saliva, tocar, descubrir, dedos ansiosos y gemidos.
Celeste quería participar pero esa noche ella era el regalo, el desconocido la apartó las manos cogiéndola de las muñecas sobre su cabeza y sólo le susurró:
- tranquila princesa, déjame quererte.
La abrazó y la besó el pelo, aspirando una mezcla de olor a champú y humo de tabaco. Sacó unas llaves de un bolsillo y abrió una puerta, invitándola a entrar.
Una vez dentro del ascensor, el desconocido se mantuvo apartado frente a Celeste, sosteniendo su mirada, sonriendo irónicamente y sin hablar. La puerta se abrió y salieron, rozando sus manos al pasar por la puerta.
Frente a la puerta del piso, Celeste desvió su mirada hacia la punta de sus botas, sintiéndose pequeña, nerviosa, dudando, un poco borracha, muy insegura. Su acompañante se inclinó y la besó suavemente, la quitó el bolso que aferraba entre las manos y la atrajo hacia sí:
- no sabes cuántas veces he imaginado este momento. Cuando te veía con ese imbécil tenía que contenerme para no partirle la cara. Espero que lo hayas dejado de una vez por todas, eres mucha tía para ese mierda...
Celeste, sorprendida, dió un paso atrás, intentando leer en los ojos del extraño qué coño estaba pasando.
- sabes mi nombre, sabes con quien salía y por dónde, y sabes que ya no... yo no sé nada de tí... no me has dicho ni tu nombre...
El desconocido se dió la vuelta, se dirigió hacia una barra que al parecer separaba una zona de estar de una pequeña cocina, sacó dos vasos, hielo y una botella de vodka, sirvió dos copas y tendiendo una a Celeste, replicó:
- es mejor así, no preguntes, si has llegado hasta aquí el resto da lo mismo, solos tú y yo. ¿qué importa quién soy? yo te elegí hace tiempo, cada noche te veía y te seguía, intentando acercarme a tí. Hoy estás aquí y tú, esta noche, me has elegido a mí. Quieres marcharte? puedo llamar a un taxi... pero si te quedas, prometo hacerte feliz, por una noche serás la mujer más feliz del mundo. Se trata de sexo, sólo sexo, pero si te quedas nunca lo olvidarás.
Avanzó hacia Celeste, quien desconcertada buscaba respuestas en el fondo del vaso. Una mano acarició su cara, apartando un mechón rebelde de cabello. Su cuerpo estaba muy cerca, notaba su aliento a escasos centímetros de su boca. Celeste cerró los ojos, debatiéndose entre poner fin a esa locura o seguir adelante con esa increíble aventura, llegar hasta el final sin pensar en que pensarían los demás si se llegaran a enterar. Celeste tomó una decisión y una excusa acudió a su boca. Nunca llegó a vocalizarla. El beso del desconocido la impidió hablar, la impidió decidir. Fue su cuerpo y su deseo quien tomó la decisión.
No hizo falta hablar más, ni beber más, sólo piel, lenguas, sudor, cuerpos desnudos, placer.
Por unas horas todo cuanto Celeste quiso lo tuvo gracias a aquel desconocido, y si, por una noche fue la mujer más feliz del mundo.

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Mme. Butterfly.