domingo, 8 de marzo de 2009

El SUEÑO DE CELESTE (I)

Me pidió Gema que contase una de las historias de Celeste, una de esas que ya adelanté hace semanas.
La propia Celeste me animó a desvelar uno de sus sueños más íntimos, no tanto como sueño, que lo es, sino como el relato de una de sus aventuras vividas hace ya tiempo cuando ella era Celeste en estado puro. Esta historia regresa una y otra vez en formato sueño y (yo sé) altera a Celeste profundamente, impidiéndola olvidar.
Me niego a contarla en primera persona, una tiene una reputación que cuidar. Y me niego también a utilizar palabras mal sonantes, no me salen, ni quieren. Lo dejo a la imaginación del lector: la realidad siempre supera la ficción... y ésta no es la excepción.
Retomando la historia: Celeste tiene un sueño que no consigue olvidar, el amante de una noche cuyos ojos busca en los de cualquier hombre...
Esto fue lo que ocurrió.
Es una noche cualquiera de sábado, no importa dónde, es lo de menos.
La sala está oscura y repleta de humo. Gente bailando apretada, bebiendo. Nadie habla porque nadie escucha. Imposible oir. Música electrónica y mucha ropa negra. Cerca, alguien fuma un porro de maría. Celeste sigue el ritmo con la cabeza, le duelen los pies y el vodka no ha hecho aún efecto. Es hora de pedir otra copa. La barra está repleta y hay que hacerse hueco, esperar, pedir y seguir esperando. Por fin: vodka con hielo y lima. Pajita para remover. Cigarrillo para acompañar. Una mano acerca una cerilla encendida al extremo del pitillo, menos mal, no encuentra el mechero.
Levanta la vista y tropieza con unos ojos azules profundos y tristes, de mirada interrogante e inquisitiva, pestañas espesas y rubias, frente despejada, pendiente en la oreja, mandíbula fuerte y labios finos. Un rostro hermoso que apaga de un soplo la cerilla que sostiene la mano masculina de dedos largos y elegantes. El desconocido acerca su boca a la oreja de Celeste para suplicar un cigarrillo, una calada, un beso. Celeste sonríe porque no ha escuchado nada.
El desconocido coge con cuidado el pitillo de Celeste y aspira una calada profunda, para devolverlo a sus labios: -Me debes un beso. Y le echa el humo a la cara.
Momento de desconcierto. De forma inconsciente Celeste registra la voz del desconocido como una voz profunda, serena, masculina, la voz de un hombre que no admite negativas. Ella no es de las que se arredran. Le mira mal, con ojos de china asesina y le escupe: - déjame en paz, imbécil.
-Soy un imbécil pero sólo si te dejo escapar.
Y cuando Celeste se gira sobre si misma para huir, el desconocido atrapa su cintura, la voltea y estampa en su boca un beso largo, profundo y húmedo. Celeste, temblorosa, con miedo y orgullo, hace intento de escapar pero se rinde ante la evidencia del experto besador que sabe cómo derretir las defensas de la desconocida.
Fueron segundos, minutos, horas... El calor se extiende desde la garganta a las extremidades, sube por las piernas y repta por la espalda donde los dedos descubren curvas bajo la ropa, reconociendo el trofeo, de espaldas, apretados contra la barra. Cuando las bocas se separan, la mirada del desconocido sonríe y su voz susurra: - y ahora, tú y yo, nos vamos a tomar una copa juntos.
-pero... ¿tú quién eres? ¿de qué vas?
El desconocido no para de sonreir, todo ojos azules: -tranquila Celeste, si no me haces preguntas no tendré que mentirte.
En ese momento Celeste advirtió dos cosas: una, que el desconocido sí sabía quién era ella pues conocía su nombre. Dos, que el desconocido era alto, atractivo, simpático, sabía besar y olía estupendamente. Ah! y tres: al parecer la noche no sería tan aburrida como parecía.

Y esto ha sido sólo el comienzo. Continuará. La noche no hizo más que empezar.

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Mme. Butterfly.